Manuel Jabois | ELMUNDO.es

General Opiniones — 21 marzo 2012

La última mujer encarcelada por abortar en España fue Gracia Gutiérrez, que utilizó perejil y jabón para perder a un cuarto hijo que no podía asumir. Mientras estaba en la cárcel vio en la televisión a José María Ruiz Gallardón asegurando que en España no se metía a nadie en prisión por abortar desde 1966. Era 1985 y Gallardón dedicaba sus esfuerzos a evitar la despenalización parcial del aborto promovida por los socialistas.

“Nosotros defendemos el derecho a la vida en su integridad. Ahora bien, entendemos que puede haber colisión en algún momento entre los derechos del feto y la personalidad de la mujer, y en algún caso puede prevalecer el derecho de la mujer sobre el feto”, dijo al conocer la sentencia del Tribunal Constitucional por la cual la ley parecía tumbarse: “Y con esto y un bizcocho, ¡esta noche me emborracho!”, zanjó. Las mujeres salían a la calle a pedir amnistía y reclamar legalización. Los planes socialistas acabaron saliendo adelante, para cólera de Ruiz Gallardón, en tres supuestos. Todavía revoloteaban las palabras del portavoz de AP en el programa La Clave: “Ustedes están haciendo la ley, harán la trampa y provocarán una situación de desolación y violencia en una sociedad degenerada”.

Esta semana ha vuelto la violencia a la boca de un Gallardón en el debate sobre el aborto y de nuevo tras un paso adelante del Gobierno socialista. Ahora el portavoz de la oposición es ministro: la historia gira despacio, pero siempre en el mismo sentido. Cuando su padre prometía revisar la Ley del Aborto si llegaba al poder no sabía entonces que la promesa habría de tardar tres décadas, ni que el encargado de llevarla a cabo sería su hijo.

Alberto Ruiz Gallardón llegó tan ruidosamente al Ayuntamiento que el alcalde Tierno Galván lo reconvenía como a uno de sus alumnos. Gastaba entonces pinta de Sapientín excesivo, siempre repeinado y bajo unas gafas parabólicas en la misma ciudad en la que Haro Ibars se paseaba con un cencerro colgado al cuello y un chaleco de piel de cabra acompañado, en el colmo de la extravagancia, de Leopoldo María Panero.

Dos meses después de que el sesentón Tierno inaugurase un festival al grito de “Rockeros, el que no esté colocado, que se coloque”, el veinteañero Gallardón agitaba una historieta de la revista ‘Madriz’ llamándola “porquería repugnante, blasfema en el sentido jurídico de la palabra y contraria a la moral y la familia”. Pese a lo imberbe de su carrera ya empezaba a dominar la escena; ‘El País’ decía que a veces el viejo profesor lo contemplaba atónito desde el sillón de la Alcaldía: “Señor Ruiz Gallardón: admiro su vehemencia y su ardor, fruto sin duda de su juventud, pero está usted empezando a resultarme pesado”.

Pasó el tiempo y el político “joven, triste y riguroso” que decía Umbral empezó a pringarse las manos con pollo frito cuando de Ramoncín no quedaba ni el hueso, y tras aquella fotografía a modo de pitido inicial (un niño bien manchurreado de fritanga pidiendo el voto) organizó en los noventa una campaña electoral que incluyó cárceles y barriadas yonquis a las que no se asomaban ni los comunistas.

Esa estampa del empollón de AP casado con la hija del exsecretario general del Movimiento pisando cartones y rodeado de madres de delincuentes que lo vitoreaban como a un redentor, aquella imagen del protegido de Fraga prometiéndole a los heroinómanos que no habría cárcel para ellos con el primer delito, tenía en vilo a las dos Españas, pues las dos sentían de repente una extraña traición: la del hijo que pillas a las ocho de la mañana en la puerta de casa y no sabes si sale a misa o entra de copas. Pero Gallardón, por más que a veces meta el pie para sentir el vértigo del pecado, siempre sale.

El miércoles se levantó de su escaño y puso a bullir el ideario, al que a veces vuelve por designio no tanto patriótico como familiar. Siempre fue hombre de grandes apariencias. Él ha estado a la gauché madrileña, ese evocador evangelio de un socialismo digamos artístico y cachondo repleto de mundanidad, como si de algún modo quisiese recuperar la purpurina jubilada de la Movida.

Algunos de sus escorzos ideológicos responden a un ejercicio inacabado de escaparatismo progresista, pero como si de un acordeón se tratase siempre vuelve al punto de partida para entonar el ‘Pajaritos’. Sus palabras sobre el aborto podrían inscribirse en una tradición gallardonita herencia de su padre, un monárquico conservador que llegó a ser detenido por el régimen junto a los Tamames, Pradera o Múgica. En democracia juró lealtad a Fraga y fue su portavoz en el Congreso. Brillante, cultivado e inteligente como el hijo, murió a los 59 años de un derrame cerebral.

“Yo soy de derechas”, dijo Alberto Ruiz Gallardón hace veinte años. Mucho antes, mientras Fraga removía el cucharón de una de sus queimadas en la Transición (“las hago no para espantar a las brujas, sino para atraerlas”), su padre exclamó delante de los presentes: “Yo soy de derechas, pero mi hijo aún lo es más”. Si el ministro de Justicia ha variado el rumbo sólo lo sabe él. Eso sí, lo disimula a la perfección: tanto si lo ha cambiado como si no.

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