Desde hace 12 años, cuando Melinda Gates y su marido, Bill, fundaron la organización filantrópica más grande del planeta (la Fundación Gates), ella ha tenido que viajar continuamente. Y a decir de sus asistentes, la señora Gates —mujer reservada que trata de esquivar la atención pública que conlleva el apellido— cobra vida cada vez que visita los proyectos de su fundación en los rincones más apartados del mundo. “Cuando va al campo y se sienta con un grupo de mujeres en una estera, bajo un árbol o una choza, parece estar en su elemento; se siente completamente a gusto”, informa Gary Darmstadt, director de salud familiar para el programa de salud global de la fundación.
Al visitar las instalaciones de África subsahariana que implementan programas de vacunación, Melinda suele preguntar a las mujeres que asisten a las aisladas clínicas qué más les hace falta; y muy a menudo, dice la filántropa, la mayoría menciona insistentemente el control de la natalidad. “Imagine a 20 mujeres sentadas en una banca y que, de pronto, hablan al mismo tiempo pidiendo ‘la inyección que me ponían antes’”, informa Gates. “‘Vine a esta clínica hace tres meses y me dieron la inyección, pero regresé la semana pasada y no pudieron aplicármela, así que aquí estoy otra vez’”.
Aquellas mujeres se refieren a Depo-Provera, fármaco muy popular en naciones pobres debido a que la inyección se aplica solo cuatro veces al año y además porque, en caso necesario, pueden ocultar el hecho a maridos poco comprensivos. Gates descubrió que los anticonceptivos inyectables, como muchas otras formas de control de la natalidad, se agotan rápidamente en las clínicas del mundo en desarrollo a causa de la escasez de fondos y problemas con la cadena de suministro.
En su búsqueda de la inyección, algunas salen de sus granjas y caminan largas horas, a menudo llevando consigo a sus hijos y, las más de las veces, sin informar a sus maridos. “Me ha sorprendido la vehemencia con que manifiestan su necesidad”, confiesa Gates.
Impelida por esas mujeres, Melinda ha tomado una decisión que cambiará muchas vidas en todo el orbe. En entrevista exclusiva con Newsweek, reveló que ha adoptado la planificación familiar como estandarte y que dará prioridad a la salud pública básica. “Mi objetivo es reintroducir el tema en la agenda global”, explica, sentada en una oficina de la sede de la Fundación Gates en el centro de Seattle, extensa propiedad de más de 83 000 metros cuadrados compuesta de un par de edificios con forma de búmeran, inundados de luz natural. Fue allí donde, a fines del año pasado, anunció su renovado énfasis en la anticoncepción durante una reunión con todo el personal, arrancando estruendosos aplausos a la concurrencia.
Ahora, la fundación (valuada en casi 34 000 millones de dólares) está poniendo en práctica su agenda. En julio próximo, Melisa hará mancuerna con el gobierno británico para copatrocinar una cumbre de líderes mundiales en Londres, con miras a reunir los 4000 millones de dólares que, según cálculos de la fundación, harán falta para proporcionar anticoncepción a 120 millones de mujeres hacia el año 2020. Entre tanto, en una medida que podría tener enorme significación para las estadounidenses, la organización filantrópica ha comenzado a volcar recursos en el abandonado campo de la investigación anticonceptiva, a fin de encontrar métodos completamente novedosos para el control de la natalidad y, a la larga, impulsar un movimiento de escala global. “Cuando me percaté de lo que hacía falta en términos de planificación familiar, decidí tomar cartas en el asunto personalmente”, informa.
A pesar de su entrega a la causa, la decisión de liderarla no fue fácil para Melinda. Por principio de cuentas, la antigua administradora de Microsoft siempre ha evitado llamar la atención. La primera vez que accedió a que publicaran su perfil en una revista fue en 2008, 14 años después de su matrimonio con Bill, cuando habló con Fortune acerca de la labor de su fundación. “Me resistía a hablar de los programas de la fundación porque tenía hijos pequeños y quería preservar la intimidad de mi vida familiar”, argumenta.
Sin embargo, un aspecto aún más relevante es su religión (católica), la cual ha regido sus acciones en todo momento. “Siempre hemos dicho que nuestra fundación no apoya el aborto y, por ello, no podemos financiarlo”, dice. Desde hace mucho Melinda ha estado en desacuerdo con la postura eclesiástica frente a la anticoncepción; de hecho, la Fundación Gates ha proporcionado fondos para planificación familiar desde sus inicios. No obstante, Melinda debió reflexionar mucho antes de erigirse en defensora pública del tema. “Tuve que identificar los elementos de la religión que observo en mi vida diaria, las cosas que podría aconsejar a mis hijas”, confiesa. Y aunque desafiar la doctrina de la Iglesia fue difícil, reconoció la necesidad moral de contravenir los cánones porque, de lo contrario: “No estaríamos atendiendo al otro aspecto de la misión católica, que es la justicia social”.
Gates opina que, al enfocarse en las vidas de mujeres y niños y dejar claro que su agenda no pugna por el control poblacional coercitivo ni el aborto, podrá desalentar la controversia que engendran los programas internacionales de planificación familiar. En este momento, señala, cada año mueren de parto 100 000 mujeres que no recibieron atención médica durante el embarazo; y 600 bebés nacidos de mujeres que no querían embarazarse mueren durante el primer mes de vida. “La señora Gates realmente percibe el problema como una necesidad perentoria de la salud pública”, apunta Melanne Verveer, embajadora mundial estadounidense para la salud de la mujer. “Cree que individuos de distintas convicciones políticas pueden hacer un mismo frente en este tema. Espero que tenga razón”.
Con todo, semejante optimismo podría ser excesivo. A principios de abril, cuando describió su nueva agenda en la conferencia TEDxChange de Berlín, Gates fue vilipendiada por la prensa católica de derecha y los blogs católicos conservadores. “Melinda Gates promueve el aborto durante la conferencia; ataca católicos”, proclamó el titular de Life-News.com. Francis Phillips, editor del británico Catholic Herald, fue más mesurado al declarar: “Siempre es decepcionante que un personaje público de gran riqueza, notoriedad o poder argumente que, aunque es un fiel católico, considera que las enseñanzas de la Iglesia están equivocadas —previsiblemente, en cuestiones morales”.
Hubo una época en que brindar acceso mundial al control de la natalidad era un esfuerzo eminentemente bipartidista, tomado muy en serio por los más altos niveles del gobierno estadounidense. Mas eso fue antes de que las políticas de Estados Unidos se transformaran a raíz de 30 años de guerras ideológicas sobre sexo y reproducción.
A mediados del siglo XX, la planificación familiar global era un asunto de seguridad nacional, no de feminismo. A la zaga de la Segunda Guerra Mundial, las elevadas tasas de natalidad y la mengua en la tasa de mortalidad de los países pobres desataron el fantasma internacional de la sobrepoblación que, a decir de muchos, diseminaría la inestabilidad en el planeta y vulneraría naciones a la revolución comunista. A principios de la década de 1960, Dwight Eisenhower recurrió a The Saturday Evening Post para hacer un llamado a la ayuda extranjera en el control de la natalidad, y junto con Harry Truman fue elevado a la presidencia honoraria de Paternidad Planificada. En 1965, el presidente Lyndon Johnson imploró a Naciones Unidas que “enfrentara abiertamente los problemas multiplicados de nuestras multiplicadas poblaciones… Debemos actuar con la certidumbre de que menos de cinco dólares invertidos en el control poblacional, redundarán en cien dólares de inversión en crecimiento económico”.
Durante los siguientes 15 años, Estados Unidos encabezó un colosal esfuerzo mundial para llevar la planificación familiar a todos los rincones del planeta. Poderosos estadounidenses ejercieron presión para crear el Fondo para Actividades de Población de Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) y diseminar el mensaje. “El éxito en el campo poblacional, bajo el liderazgo de Naciones Unidas, podría… ser determinante para resolver con éxito otras grandes interrogantes de paz, prosperidad y derechos individuales en todo el mundo”, escribió George H. W. Bush en 1973.
Sin embargo, el control poblacional derivó en excesos espantosos. Cuando estalló la “emergencia” india de 1975, la premier Indira Gandhi suspendió las libertades civiles y su hijo menor, Sanjay, instituyó una campaña masiva de esterilización forzada; por su parte, China implementó la coercitiva política de hijo único en 1979.
Los activistas por los derechos de la mujer desafiaron la ortodoxia del control poblacional y se esforzaron en recanalizar recursos hacia programas de planificación que priorizaban la salud de las mujeres. Entre tanto, el apocalipsis maltusiano que profetizaron los expertos en las décadas de 1960 y 1970 jamás se concretó y todo gracias, en buena medida, a enormes inversiones en anticoncepción y productividad agrícola. En las décadas de 1980 y 1990, la planificación familiar internacional comenzó a relacionarse cada vez más estrechamente con el feminismo, deslindándose de la seguridad nacional y convirtiéndose en blanco de las crecientes presiones de la emergente derecha religiosa.
En 1984, Ronald Reagan instituyó la política “Ciudad de México”, que negaba todo apoyo estadounidense a las organizaciones internacionales que practicaban el aborto o siquiera se atrevían a sugerirlo, lo cual resultó en importantes recortes en los fondos destinados a vastos sectores de la infraestructura global de planificación familiar; y, por último, en 1986, retiró los fondos estadounidenses para el UNFPA. Estas dos disposiciones fueron imitadas por las administraciones republicanas posteriores.
A resultas de la intensa politización, se redujo el liderazgo estadounidense en planificación familiar global y ningún otro país ha podido llenar ese vacío. De allí que Gates descubriera en sus viajes lo que denomina “un enorme agujero. Nadie trabajaba, de manera realmente unificada, en el campo de la anticoncepción”.
Algo que la filántropa espera lograr es recrear la antigua amplitud de consenso de la que disfrutaba la planificación familiar global; pero esta vez lo hará con un enfoque específico en las necesidades de la mujer más que en la demografía. “Hay que darles poder a las mujeres para que reciban educación y tomen decisiones propias”, informa. “Y si después analizamos las consecuencias demográficas de dichas decisiones, obtendremos los resultados que muchos han querido ver en todo el mundo”.
Gates está convencida de que los beneficios del control de la natalidad en la salud pública acallarán las objeciones ideológicas. De hecho, uno de los elementos fundamentales de su iniciativa es la “no controversia”. “Hoy quiero hablarles de algo que debiera ser un tema en absoluto controversial”, dijo, al iniciar su discurso en TEDxChange. Como parte de la estrategia, la fundación ha creado el sitio web NoControversy.TEDxChange.org, donde pide al público que comparta historias de cómo la anticoncepción ha cambiado sus vidas. “No hay controversia en levantar la voz para obtener acceso igualitario”, declara el sitio.
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“Si quiere meterle |
Más no será fácil evitar la controversia. “Si quiere meterle dinero al asunto, que lo haga, pero no podrá zafarse del debate”, amenaza Susan Yoshihara, directora de investigaciones en el Instituto Católico para la Familia y los Derechos Humanos, entidad que ha desempeñado un papel crítico organizando a la oposición internacional de los programas de planificación familiar. Yoshihara advierte que cualquier intento de vincular la anticoncepción con la salud materna es “extremadamente controversial. A nadie se le ocurre decir a una mujer que muere a consecuencia de un embarazo ectópico, que debió utilizar un condón femenino. Pues bien, es escandaloso que prometa reducir la mortalidad perinatal diciendo a las mujeres que, por principio de cuentas, eviten embarazarse”.
Tales críticas se harán más frecuentes conforme la Fundación Gates adquiera mayor notoriedad a resultas de su esfuerzo para desarrollar nuevas formas de control de la natalidad. Por lo pronto, está financiando investigaciones con anticonceptivos que las mujeres puedan inyectarse por sí solas, evitándoles la onerosa visita a una clínica. Consciente de que muchas rechazan la pastilla anticonceptiva debido a los efectos secundarios, la fundación está invirtiendo en la búsqueda de un fármaco que actúe sin necesidad de hormonas, una sustancia que pertenecerá “a una clase [de medicamentos] completamente nueva”, informa Darmstadt, de la Fundación Gates.
Otra de las “ideas descabelladas que estamos contemplando”, agrega, “es la posibilidad de crear un dispositivo de implantación controlado por la mujer y que, una vez colocado, no tenga que retirarse durante el resto de su vida reproductiva”. La portadora podría encenderlo y apagarlo a voluntad, y jamás habría necesidad de sacarlo de su cuerpo. “Creo que todas las mujeres del mundo podrían beneficiarse de algo así”, concluye Darmstadt.
A la fecha, la actividad en investigación y desarrollo anticonceptivo es casi inexistente y, según Darmstadt, el principal financiador de esas iniciativas es el gobierno estadounidense, a través de los Institutos Nacionales de Salud. “Es un campo que se ha estancado mucho”, comenta. “Lo que pretendemos es tratar de estimularlo”.
Magnífica noticia para los defensores de la salud reproductiva, aunque para algunos conservadores la perspectiva es espantosa. De hecho, en su comentario sobre un asunto pertinente a la investigación anticonceptiva, publicado en el sitio web de la Fundación Gates, Phillips (de The Catholic Herald) escribió: “Me viene a la mente una imagen espeluznante; la de unos técnicos con batas blancas que trabajan con ahínco en laboratorios diabólicos, ideando nuevos métodos para privar a hombres y mujeres de su dignidad conyugal, su cultura y sus tradiciones”.
Con todo, Gates se consuela en el hecho de que, aun cuando la jerarquía eclesiástica y sus tradicionalistas no respalden lo que está haciendo, muchos de sus correligionarios la apoyarán. Durante su presentación en TEDxChange, habló de las monjas ursulinas que dirigen la secundaria católica de Dallas donde estudió —monjas que “dan la máxima prioridad al servicio y la justicia social”—. A través de su trabajo en la fundación, agregó Gates, “estoy aplicando las lecciones aprendidas en bachillerato”.
A menos de una hora de regresar al hotel recibió un mensaje de algunas de esas monjas. “Fue maravilloso”, recuerda, con ojos lacrimosos. “Dijeron: ‘Todas te apoyamos. Sabemos que es un tema difícil de tratar, pero estamos absolutamente convencidas de que vives con apego a los valores católicos’. Fueron palabras muy alentadoras”


