General Opiniones — 05 mayo 2014

El País del 1 de mayo publicaba un artículo sobre los vientres de alquiler  que es un claro ejemplo de periodismo tendencioso, de mal periodismo, y que más bien parece  un publirreportaje financiado por cualquiera de los muchos negocios que van naciendo cerca de este nuevo nicho de mercado.  En primer lugar, el artículo incumple una norma básica del periodismo al abordar una cuestión muy controvertida  en la que numerosas voces, muchas, muy diferentes y muy cualificadas se manifiestan completamente en contra de la legalización de esta práctica…y no se da entrada a ninguna de ellas.  No se menciona ni una sola de las objeciones que desde el punto de vista de la justicia, de la ética, de la política, de la igualdad etc. se manifiestan contrarias a que se abra otro mercado en el que se mercantilice (aun más) el cuerpo humano, en este caso de las mujeres, así como sus capacidades reproductivas.

El artículo, además, omite datos y falsea claramente la realidad haciendo que parezca que la regulación de los vientres de alquiler es sólo una demanda social más que no ha encontrado (aun) aun su cauce legal en España. El artículo no dice que, en realidad, esta práctica comercial está prohibida no sólo en España, sino prácticamente en toda Europa y que muchos países europeos han realizado estudios e informes en los que reiteradamente se ha recomendado su no regulación; es decir, la no comercialización de los embarazos y de los niños y niñas. Al ignorar esta realidad, así como las razones por las que la mayoría de los países la han prohibido,  se hace parecer que España es casi una rareza, que esta prohibición es un atraso y que lo normal es avanzar hacia su regulación, que eso es lo normal y lo moderno. Esta manera de presentar el asunto es directamente una falsedad.

Lo peor del artículo es cuando más que ocultar o no contar toda la verdad, se hace un ejercicio de manipulación impropio de alguien que se llame periodista. Una persona, Pedro Fuentes, que ha sido comprador de esta técnica, por lo que no parece muy imparcial al respecto, pronuncia la siguiente frase: “(En España) sabemos hacer las cosas bien. Mira la ley de trasplantes: funciona de maravilla y se ha imitado en todo el mundo. Cuando hay un caso de tráfico de órganos, saltan todas las alarmas. Por eso es deseable regularlo, desde un punto de vista ético, médico y legal”. El salto manipulativo es escandaloso. La ley de trasplantes española funciona y es un ejemplo para el mundo porque se trata de donaciones, en ningún caso se trata de compra-venta de órganos. La ley de trasplantes española se enfrenta ahora a una enorme presión para que se abra al mercado de los órganos, y si no nos resistimos con bastante fuerza terminará abriéndose. En el momento en que eso pase, como ocurre con cualquier mercado, los pobres se verán obligados a ser “donantes” de los órganos que comprarán los ricos; y los neoliberales nos dirán que se trata de una extraordinaria oportunidad para los pobres y que todo el mundo sale ganando. De hecho, en este artículo ya lo dicen: “Aunque hay dinero de por medio, es un procedimiento solidario porque nos ayudamos entre las dos partes y, lo mejor de todo, traemos una vida al mundo”, afirma una de las compradoras de embarazos. “Nos ayudamos las dos partes”, sí,  igual que se ayudan solidariamente los empresarios y los trabadores/as; igual que se ayudan mutuamente el que paga 600 euros por 8 horas diarias y el que tiene que aceptarlos; todos salen ganando, solidaridad de la que entiende el capitalismo neoliberal.

Por si fuera poco y aunque la transacción se nos muestra como solidaria, se nos dice que el problema es que es muy cara. Cara para el comprador, se entiende. Así lo explica Pedro Fuentes cuando se queja de que el problema es que en el único sitio en el que existen garantías legales (¿para quién?), en California, esta opción cuesta 100.000 euros. Así que solidaridad sí, pero no tanta como para que salga demasiado cara. Lo que este señor quiere es que además de que las mujeres se vean obligadas a poner precio a sus embarazos, éste sea un precio barato. Fuentes habla por los compradores, por los que pagan, igual que todo el artículo, que usa la frase “vientres de alquiler”, como si esos vientres flotaran en el éter y fueran por su cuenta.  Las personas que no olvidamos que esos vientres no van solos, sino que estamos hablando de mujeres, podríamos llegar a desear que al menos, esta práctica les generara a ellas un enorme beneficio; tanto que, por lo menos, no tuvieran que someterse a él dos veces. Pero esto es un espejismo, naturalmente. Un espejismo inconsistente con el fondo del asunto: neoliberalismo puro y duro, trabajo barato y plusvalía enorme. Vientres baratos al alcance de la clase media.

La donación de vientres de alquiler, es decir, la cesión sin precio de las capacidades reproductivas de las mujeres sí está regulada y permitida en muchos países europeos (no en España) y a mí me parece bien. Es decir, se puede gestar el hijo de otra persona por amor, por altruismo, por amistad…. Hay mujeres dispuestas a gestar el hijo que no puede gestar su propia hija o su nuera; mujeres que gestan un hijo por su amigo gay o por su hermana, o por una amiga íntima…Esto ya es posible en muchos de esos mismos países que, en cambio, prohíben la compra venta; es legal y es generoso. Nada que objetar. También es legal donar un riñón estando vivo o los órganos en caso de fallecimiento.  Pero la donación de vientres no soluciona el problema de estas parejas consumidoras de hijos porque nadie gesta el hijo de un completo desconocido, con los enormes costes de salud y psicológicos que esto tiene, si no hay precio por medio, si no se necesita el dinero; de la misma manera que no se dona un riñón excepto en casos muy concretos en los que esta donación es un regalo. Es más, para proteger que de verdad sea una donación, la ley impone unas reglas muy estrictas.

El mercado no es un buen regulador de nada, pero menos aun de las relaciones humanas y hay que ponerle límites. Un límite claro e infranqueable debería ser el cuerpo, sus fluidos, sus órganos, sus capacidades reproductivas. Abrir ese mercado, que sin duda es un enorme nicho de negocio, introduce la desigualdad más radical hasta el tuétano de lo que somos. Y las mujeres estamos mucho más expuestas a cualquier mercado que trafique, compre o venda nuestro cuerpo. ¿Estamos de acuerdo en que la sangre se venda como en el siglo XIX? Eso significaría que los pobres, para poder comer, tendrían que hacer de su sangre una mercancía que se verían obligados a vender. Curioso que mientras esto lo ve claro la mayoría de la gente, no se ve tan claro cuando nos referimos al caso del cuerpo de las mujeres, de sus úteros, de sus óvulos. Está claro que las resistencias a la comercialización absoluta de los cuerpos es mucho menor en el caso de los cuerpos femeninos, lo que no es extraño si pensamos que vivimos en una cultura que históricamente y hoy más que nunca, comercializa los cuerpos femeninos de múltiples maneras y con multitud de excusas; la más usada es la que describe esta venta como una práctica de “empoderamiento”. Pues de la misma manera que tener que vender la propia sangre no empodera, que vender unas corneas no empodera, que trabajar por 600 euros en lugar de por nada no empodera…vender el útero o los óvulos tampoco lo hace. La prueba es que ninguna rica se someterá nunca a ello, así que la cuestión de la clase es, además de la de género, la cuestión absolutamente determinante en esta transacción, que es pura explotación.  O nos resistimos con todas nuestras fuerzas a que el cuerpo humano sea una mercancía más y a que el mercado compre y venda nuestros cuerpos, o en poco tiempo no estaremos siquiera hablando de la fuerza de trabajo como mercancía, sino que tendremos que retomar el lenguaje puro y duro de la esclavitud.

Beatriz Gimeno es escritora y expresidenta de la FELGT (Federación Española de Lesbianas, Gays y Transexuales)

Publicado en el plural.com 2/05/2014

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